Reprimía apenas las ganas de decirle que la quería porque le recordaba a su mujer. Quizá el afán de hablar de Dorotea lo llevó a razonar que si el parecido consistía en un cierto encanto, debía de provenir de afinidades que eliminaban el riesgo de un rechazo. Al oír el nombre, la delegada preguntó: «¿Dorotea qué? » «Lartigue», contestó, y le preguntó si nadie le había dicho que se parecían. «Yo no lo hubiera tolerado