salido de un diluvio. Estaba todavía húmedo, pero el primer sol había sonrosado sus mejillas y alisado su cabellera rubia. Su mano acariciaba unos lirios abiertos y un brazo los arrullaba con extremada delicadeza. Sus alas y sus ropajes parecían ásperos al tacto, minerales. Lanaturalezahabíadepositadoenellossus residuos, sus costras, sus yerbas a medio corromper. La naturaleza había impreso en él sus colores ácidos, desabridos, febriles. Aquel ángel de Pisanello, situado junto