Andrea. La abraza y esos labios rozan su mejilla. Es ella, sí. Recuerda los huesos en la espalda, el pecho liso. «¡Y sigue llamándome papá, a lo señoritingo!», piensa el viejo disgustado. No sospecha el esfuerzo que lehacostadoaellapronunciarlasacrosantafórmula de bienvenida -Renato se lo encareció mucho--, pues le recuerda sus dos horribles semanas de recién casada en la salvaje Calabria, donde la analizaban todos como