que apenas se le entendía cuando decía muy bueno este chiste o, ja, ja, qué historia tan graciosa. Los demás no reían tanto, pero algo parecido a la alegría les bailaba en los ojos cuando se miraban. Todos disfrutaron mucho aquella tarde y el abuelo tuvoquerecitardenuevolaspalabrasdeFederico. A Miguel le llamó la atención que el profesor universitario estuviera tan interesado en ciertos detalles extraños de la vida del poeta, en sus postres favoritos por