, pintadas y anuncios de un largo pasillo, aguardar la llegada del convoy en el que quizás un siniestro argentino canturrea una milonga acompañandose con la desabrida guitarra. O, puesto que dispone de tiempo y, por algún motivo particular, la líneadePontdeLevalloissecretamenteleatrae, abandonar el vagón en Havre-Caumartin, viajar a Villiers, ir detrás de la flecha de Porte Dauphine, emerger por fin a la luz del día en cualquiera de los doce chaflanes de