Delfín, Julio Iglesias, Richelieu y Mrs. Thatcher, se interna inmediatamente en el laberinto de escaleras y pasajes y avanza con paso resuelto -de asiduo visitante a los lugares- hacia uno de los nichos o huecos en donde, junto a Chénier condenadoamuerteyelniñoMozarttocando el piano, aguarda, hierático, su dios favorito. Ajeno a las exclamaciones y comentarios del público permanece entonces inmóvil, con los ojos clavados en la figura inmarcesible del ídolo: los