se lejanía de su dueña. El cuadro robado, Karl, Francesca, los ladridos del perro, los ajimeces de alabastro, Botticelli, las blancas hortensias del jardín... ¿No eran aquéllas piezas del rompecabezas de su pasado? Jano se olvidó del lago y de la barca, rompió una vez más la soledad presente y el dolor pasado continuando la tan larga como inútil carta comenzada entre las pétreas humedades de Monteoscuro. «Tu casa también tenía su jardín y sus hortensias.