esperanzas el interior de alguna de aquellas casas soñadas, la que le permitiera observarse a sí mismo contemplando su sueño. Le pareció sentir en sus hombros el peso del sudor, una paciente y untuosa percepción del calor que la habitación depositaba en él; era distinto del que asomaba por los poros de la frente y las sienes. Quizá fuera el televisor, pensó, el que irradiaba tanto calor; en todo el día no percibió calor ni recordaba haber sudado; ella tampoco