III Los cubiertos tenían un brillo apagado. David depositó los suyos sobre el plato de postre y esperó. A través de la mesa, Julián le sonrió y también esperaba. Los narcisos permanecían erguidos dentro del vaso de cristal. Sus coronas doradas acentuaban el color marfileño de los pétalos, remataban con orgullo la esbeltez de los tallos. La madre adelantó la mano hacia la campanilla y la hizo sonar. El repiqueteo del badajo se extendió alegre por el comedor. Julián se levantó