siguiente junto a Santiago, guardé silencio, mostrandole con terquedad mi decisión de asistir a la excursión por encima de todo. Cuando al fin llegó Bene, con su pañuelo rojo en la cabeza y con la cesta de la merienda colgada del brazo, yofuilaprimeraeniniciarlamarcha.Recuerdoqueal levantarme me sentí envejecida y cansada, como si hubiera caído sobre mí un peso excesivo. Santiago me siguió con gesto huraño y apenas si habló durante el camino. Se