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del público con una alegoría absolutamente impresentable: ahíto de materia, el mundo estaría empezando a dar muestras de hambre de espíritu. No importa que la palabra materia sirva lo mismo para un roto que para un descosido; que indistintamente se aplique a dar razón de las delirantes compulsiones mercantiles inducidas en las poblaciones occidentales como de la entusiasta o resignada adhesión a la ideología estatal por parte de los ascéticos y sacrificados súbditos del comunismo. No importa; la alegoría funciona. Y funciona tan bien que no puede menos de hacer sospechar si el |
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